Mohammed Ashraf no va a la escuela.
Desde que sale el sol hasta que asoma la luna, él corta, recorta, perfora, arma y cose pelotas de fútbol, que salen rodando de la aldea paquistaní de Umar Kot hacia los estadios del mundo.
Mohammed tiene once años. Hace esto desde los cinco.
Si supiera leer, y leer en inglés, podría entender la inscripción que él pega en cada una de sus obras: Esta pelota no ha sido fabricada por niños.
Eduardo Galeano, “Bocas del Tiempo”
Me impactó mucho cuando lo leí la primera vez... La segunda no entendía muy bien cómo un chiquito podía, desde los cinco años, ser un esclavo así. Y la tercera vez que lo leí, después de entender que un ser humano (igual que él) le impuso esto, me llenó de odio.
Bronca, impotencia...
un oasis entre tanto boludeo, para pensar tranquilos sin ser juzgados ni sentirnos cohibidos por tanto prejuicio que anda suelto por ahí
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jueves, 15 de mayo de 2008
lunes, 12 de mayo de 2008
La Educación: ¿un mal necesario?
Sabemos que, aunque algunos no lo hagan, los niños de todo el mundo deberían ir al colegio. Pero… ¿Cuál es la educación que reciben ahí? ¿Por qué es “tan” importante? ¿Es importante?
Los niños preguntan, cuando son niños: “¿Por qué tengo que ir a la escuela?”. Y la respuesta es siempre: “Para aprender”. Con eso crecen los niños, y por eso al crecer no se lo replantean. O quizás sí, pero en su conciencia resuena siempre la antigua respuesta. La mayoría de ellos termina el colegio y sigue, luego, con su vida.
La gran pregunta es: ¿Es verdad? ¿Vamos a la escuela a aprender? Yo creo que no. Creo que no vamos a la escuela a aprender, sino a ser enseñados. Yo veo una gran diferencia entre esas dos expresiones. Aprender, se puede aprender solo, se puede aprender mirando, copiando. Ser enseñado, en cambio, es menos libre. Porque al aprender vemos muchas cosas y tomamos las que concuerdan con nosotros, pero al ser enseñados, vemos lo que el otro nos muestra. Y el otro nos muestra lo que quiere que aprendamos.
Por eso, creo yo, cuando somos niños, que es cuando estamos más atentos al mundo (justamente por esta necesidad de aprender), cuando damos más importancia a la opinión de los demás, se nos pone en una institución que nos enseñe. Nos llena la cabeza con cosas que, si bien serán útiles en nuestra vida adulta, no lo son en ese momento. Por eso, en vez de prestar atención al mundo, prestamos atención a nuestros profesores y maestros. Cuando no estamos en la escuela, nos mantienen la cabeza ocupada con tareas, deberes, o estudiando para pruebas.
¿Y qué es lo que se nos enseña? ¿Se nos muestra cómo llevar adelante una casa? ¿Cómo conseguir alimento? ¿Cómo aportar algo a la sociedad? ¿Cómo ayudar a sus miembros? No. Se nos enseñan trivialidades, aunque se les da suma importancia. ¿En qué año Colón descubrió América? Fácil, 1492. Todos lo sabemos. Pero, ¿a quién le importa? ¿A quién le modifica algo?
Otro punto: cómo se nos plantean los temas.
“¡Un aplauso para Colón que descubrió América!” Y todos los chicos aplauden, sonrientes. Admiran a este nuevo héroe que acaban de conocer. Porque sus maestros lo presentaron como tal: un amigo, un benefactor. ¿Qué clase de maestro sería el que contara cómo nuestro héroe Colón asesinó a tantas personas americanas, dueñas legítimas de las tierras que les fueron arrebatadas? ¿La cantidad de mujeres que violaron? ¿De niños que, probablemente, debieron presenciarlo? ¿De bebés muertos de las formas más horribles, sin siquiera conciencia de lo que sucedía, envueltos en llanto? ¿Qué clase de maestro sería aquél que contara la verdad pura, los hechos reales, cruentos? Por supuesto, existen profesores de esta naturaleza, que ansían revelar la verdad a sus alumnos, deseosos de abrir sus pequeñas mentes a nuevos conocimientos, conocimientos reales. Mi felicitación más sincera a esta minoría de verdaderos héroes.
Pido perdón si parezco ensañada con el “descubrimiento” de América, pero en realidad es un recuerdo relacionado con el tema lo que me movió a escribir estas líneas.
El último de estos párrafos va dedicado a todas aquellas personas que no creen que es demasiado tarde. Más específicamente, a todos los profesores, maestros, estudiantes de profesorado, futuros estudiantes de profesorado, y, más especialmente, padres, madres, futuros padres y madres que no creen que es demasiado tarde. Por favor, no permitan que los niños crezcan condicionados a pensar como algunos quieren, o necesitan, que piensen. Si los niños son el futuro, ¿qué futuro quieren que haya si ellos no pueden decidir por sí mismos qué pensar, qué creer, qué elegir? Por favor, eduquen a los niños en la libertad de pensamiento y de expresión. Por favor, eduquen a los niños, no los condicionen. Por favor, instruyan a los niños, no los destruyan.
Por Sofía Zakrajšek.
Los niños preguntan, cuando son niños: “¿Por qué tengo que ir a la escuela?”. Y la respuesta es siempre: “Para aprender”. Con eso crecen los niños, y por eso al crecer no se lo replantean. O quizás sí, pero en su conciencia resuena siempre la antigua respuesta. La mayoría de ellos termina el colegio y sigue, luego, con su vida.
La gran pregunta es: ¿Es verdad? ¿Vamos a la escuela a aprender? Yo creo que no. Creo que no vamos a la escuela a aprender, sino a ser enseñados. Yo veo una gran diferencia entre esas dos expresiones. Aprender, se puede aprender solo, se puede aprender mirando, copiando. Ser enseñado, en cambio, es menos libre. Porque al aprender vemos muchas cosas y tomamos las que concuerdan con nosotros, pero al ser enseñados, vemos lo que el otro nos muestra. Y el otro nos muestra lo que quiere que aprendamos.
Por eso, creo yo, cuando somos niños, que es cuando estamos más atentos al mundo (justamente por esta necesidad de aprender), cuando damos más importancia a la opinión de los demás, se nos pone en una institución que nos enseñe. Nos llena la cabeza con cosas que, si bien serán útiles en nuestra vida adulta, no lo son en ese momento. Por eso, en vez de prestar atención al mundo, prestamos atención a nuestros profesores y maestros. Cuando no estamos en la escuela, nos mantienen la cabeza ocupada con tareas, deberes, o estudiando para pruebas.
¿Y qué es lo que se nos enseña? ¿Se nos muestra cómo llevar adelante una casa? ¿Cómo conseguir alimento? ¿Cómo aportar algo a la sociedad? ¿Cómo ayudar a sus miembros? No. Se nos enseñan trivialidades, aunque se les da suma importancia. ¿En qué año Colón descubrió América? Fácil, 1492. Todos lo sabemos. Pero, ¿a quién le importa? ¿A quién le modifica algo?
Otro punto: cómo se nos plantean los temas.
“¡Un aplauso para Colón que descubrió América!” Y todos los chicos aplauden, sonrientes. Admiran a este nuevo héroe que acaban de conocer. Porque sus maestros lo presentaron como tal: un amigo, un benefactor. ¿Qué clase de maestro sería el que contara cómo nuestro héroe Colón asesinó a tantas personas americanas, dueñas legítimas de las tierras que les fueron arrebatadas? ¿La cantidad de mujeres que violaron? ¿De niños que, probablemente, debieron presenciarlo? ¿De bebés muertos de las formas más horribles, sin siquiera conciencia de lo que sucedía, envueltos en llanto? ¿Qué clase de maestro sería aquél que contara la verdad pura, los hechos reales, cruentos? Por supuesto, existen profesores de esta naturaleza, que ansían revelar la verdad a sus alumnos, deseosos de abrir sus pequeñas mentes a nuevos conocimientos, conocimientos reales. Mi felicitación más sincera a esta minoría de verdaderos héroes.
Pido perdón si parezco ensañada con el “descubrimiento” de América, pero en realidad es un recuerdo relacionado con el tema lo que me movió a escribir estas líneas.
El último de estos párrafos va dedicado a todas aquellas personas que no creen que es demasiado tarde. Más específicamente, a todos los profesores, maestros, estudiantes de profesorado, futuros estudiantes de profesorado, y, más especialmente, padres, madres, futuros padres y madres que no creen que es demasiado tarde. Por favor, no permitan que los niños crezcan condicionados a pensar como algunos quieren, o necesitan, que piensen. Si los niños son el futuro, ¿qué futuro quieren que haya si ellos no pueden decidir por sí mismos qué pensar, qué creer, qué elegir? Por favor, eduquen a los niños en la libertad de pensamiento y de expresión. Por favor, eduquen a los niños, no los condicionen. Por favor, instruyan a los niños, no los destruyan.
Por Sofía Zakrajšek.
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