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jueves, 11 de junio de 2009

Muñeco

El muñeco era feliz. No pedía mucho: que lo quisieran y que, cada tanto, no muy seguido, lo mimaran, jugaran con él. El niño lo quería mucho. Durante toda su infancia el muñeco estuvo a su lado: fue su mejor amigo, su fiel compañero. Cuando el niño no quería salir de la cama en las frías mañanas de invierno, él le sonreía y le daba ánimos. Si, al mediodía, no quería almorzar, él le prometía que se quedaría con él hasta que terminara de comer. Por las tardes, se reían juntos en sus fantasías infantiles. Y a la noche, cuando sus padres apagaban la luz y la oscuridad lo aterrorizaba, el muñeco lo abrazaba hasta que se dormía, haciéndolo olvidar sus miedos y soñar con sonrisas y juegos. El muñeco fue caballero, caballo y espada; el niño fue rey, caballero y soldado. El muñeco fue barco y el niño fue marinero, y un día, el muñeco fue marinero, y el niño, capitán. Tan felices eran ellos dos en esas épocas en que el niño fue niño...
El problema del muñeco, como podrás ver, fue cuando el niño creció.

jueves, 4 de junio de 2009

La uva y el vino

"Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir, le reveló su secreto:
-La uva -le susurró- está hecha de vino.
Marcela Pérez-Silva me lo contó, y yo pensé: Si la uva está hecha de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos."


Eduardo Galeano, "El libro de los abrazos"

El origen del mundo

"Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, reién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano removía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientra el hijo, un niño pequeño, le recitaba el crsitianismo.
Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.
-Pero papá -le dijo Josep, llorando-. Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?
-Tonto -dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto-. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles. "


Eduardo Galeano, "El libro de los abrazos"