El muñeco era feliz. No pedía mucho: que lo quisieran y que, cada tanto, no muy seguido, lo mimaran, jugaran con él. El niño lo quería mucho. Durante toda su infancia el muñeco estuvo a su lado: fue su mejor amigo, su fiel compañero. Cuando el niño no quería salir de la cama en las frías mañanas de invierno, él le sonreía y le daba ánimos. Si, al mediodía, no quería almorzar, él le prometía que se quedaría con él hasta que terminara de comer. Por las tardes, se reían juntos en sus fantasías infantiles. Y a la noche, cuando sus padres apagaban la luz y la oscuridad lo aterrorizaba, el muñeco lo abrazaba hasta que se dormía, haciéndolo olvidar sus miedos y soñar con sonrisas y juegos. El muñeco fue caballero, caballo y espada; el niño fue rey, caballero y soldado. El muñeco fue barco y el niño fue marinero, y un día, el muñeco fue marinero, y el niño, capitán. Tan felices eran ellos dos en esas épocas en que el niño fue niño...
El problema del muñeco, como podrás ver, fue cuando el niño creció.
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